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Mi Limusina

Mi Limusina

Mi limusina trasiega rauda a pesar de tener sus alpargatas disparejas, gastadas y rotas. Transita por la incierta y ondulante avenida de la vida. Lo peor de todo es que no sabe para dónde va. Así le sucede siempre. Nunca llega ilesa, sobria, y feliz a lugar alguno. Avanza a lo largo de la noche por entre una tupida jungla de sinsabores, derrumbes, eriales, escombros, acantilados y precipicios. Sus ojos son dos luciérnagas que no tienen romance a la vista e iluminan su camino. ¿Qué será de mi limusina cuando las luciérnagas agobiadas y cansadas se duerman eternas dentro de un féretro sin luz?

Cuando veo a mi limusina recién bañada como una virgen acuática con perlas de agua sobre su cuerpo me parece bella. Bella estampa de una mujer. Siento deseos de pecar con ella y le pongo nombre. Antes de recorrerla la llamo lucero del viento, colibrí de primavera, sublime ensueño, canto sobre la piel, esmeralda sobre el lecho, beso de nereida, ambrosía de medio día, luna en mi cuarto, espejo del cielo, paraíso por descubrir, páramo para arropar, estepa por recorrer, fruta para lamer, eternidad del instante. La miro fijamente. Mis ojos devoradores siembran en su vientre toda mi virilidad. Cuando veo a mi limusina así me tengo inmensa fe como amante. Es ésta mi limusina más costosa. Es la limusina más dolorosa, la más ausente. Es mi exclusiva limusina de éxtasis y perdición. El pago posterior por sus ausencias y sus desamores es terrible. La soledad maneja con destreza su trasunto espíritu de cobrador inmisericorde. Su flagelo llena de laceraciones mi cuerpo y mi alma descarriada. De estas limusinas he tenido tan pocas en mi vida. Cuando no queda más remedio, las invento, y después las sufro. Hombre cobarde no goza de mujer hermosa y mis mujeres de limusina han sido del tiempo y del hombre, las más bellas. ¡Cuánto he gozado!

Cuando mi limusina tiene cara de horrenda quimera, me toca, por obligación, soportarla. Detesto su olor a bruja del pantano. Odio sus mordeduras de escarnio. Cuando sus labios me absorben me siento un desastre. Cuando se desnuda, corro espantado por el laberinto que me lleva de nuevo a ella, una y otra vez. Tengo que aceptar que su piel escabrosa y fétida se estrelle contra la mía. Esta limusina no es un auto, no es una mujer. Es espanto y abominación. Es el delirio de un Asmodeo inútil. Es el discurso barato del diplomático infernal Abramelech. La veo tan perfecta en su fealdad cuando sueño con ella. Cuando abro los ojos y abarco más de dos galaxias con la mirada, la encuentro frente a mí y está inexorable, repetitiva, descarada, cínica e indestructible. Su inconsciente rol de ser consciencia me acompaña a todas partes. Fiel compañera de mis pasos. Vecina pública de mis días. Álter ego de mis quehaceres insoportables. Cuando anda con sus zapatos rotos como los ancianos coturnos de Roma, como las arrugadas sandalias del purgatorio, continúa siendo mi limusina. Como éstas tengo muchas limusinas. ¿Cómo les parece? Y para que bien lo sepan, no las regalo, no las presto, no las vendo, no las fío. Ellas son mi único estigma. Total no me desprendo por coacción o por gusto propio de ninguna. Ellas son parte de lo que será mi juicio final de equivocadas matemáticas.

Mi limusina se renueva cuando la llevo al taller para su reparación. Le ponen vestidos nuevos. Es una vanidad multicolor de increíble pasarela. Su estrella natural dice: carnaval-diversión-felicidad. Luce con orgullo su color verde esperanza (templo amazónico). Radiante como un único sol de oro irisa su amarillo infinito (fulgor del Olimpo). Con su azul navegante dice: ¡Adelante bogador de mares y destinos! En el rojo vivo de sus labios benditos, como una gota de vida, trasciende la creación (Paraíso naciente). De su blanco impoluto se desprenden los destinos inmaculados de los ángeles (de cada cielo). Mi limusina también tiene orlas y aderezos que la hacen ver más bonita. Mi limusina resplandece entre las estrellas más radiantes. Se renueva a su parecer en cada destello. No en vano tiene un cielo propio y su propia hostia y su propio cáliz. Es la limusina que me enorgullece y me entusiasma.

A mi limusina que rueda compungida por ásperos caminos la llamo: ¡Patria! Tiene sumado llanto entre los pormenores históricos de su rostro. Tiene tropiezos que lastiman sus rastros. Tiene múltiples complejos idiosincráticos. Se mueve como una marioneta. Tiene libertades comprometidas. Soporta grillos venenosos en sus pies. Padece vergonzosas dependencias. Sabe jugar a ser obediente colonia y por su estado de sumisión es la mejor. Las alpargatas maltrechas de mi auto patriótico tienen dolorosos callos. Tiene un diccionario definido que dice pasado (mal forjado, mal contado, mal escrito), presente (abrumador), porvenir (sin porvenir). Tiene cerebro carente de memoria. Mi limusina-patria tiene una leve sonrisa en su vientre materno. Tiene cuerpo convaleciente que se aviva con el alba. No se cansa de ser una madre buena. Mi limusina tiene dolor de parto, dolor de tierra, dolor de país. Mi limusina-patria se sostiene viva y perdurable con el combustible mágico que la nutre y la redime. Sabe como ninguna otra limusina-patria de las resurrecciones diarias.

Cuando mi limusina tiene cuerpo de hombre de Colombia la bautizo: Pueblo. Limusina perfecta, limusina defectuosa. El Hombre-limusina colombiano es esencia, búsqueda y hallazgo, avance y retroceso, orden y caos, conquista y derrumbe, riqueza y miseria. Mi destartalado carro humano avanza dando tumbos. Su estarte sufre simultáneas arrancadas y estancadas. ¡Ah de idiosincrasias y talantes! ¡Ah de sueños inciertos y de esperanzas vanas! ¡Ah miserable limusina que anda con sus alpargatas rotas!

Habita mi limusina en el aparcadero de los enigmas. Coche de misterios, coche de aventuras. Vehículo épico, romántico, utópico. Viaje transuniversal. Tiquete intergaláctico. Misión secreta. Limusina de mis hazañas. Tiempo de vendimia. Libación de gloria. Pensamiento trashumante. Ave secreta de ágil vuelo. ¡Vuelo infinito de centauro! ¡Voz y trueno de Pegaso! Máquina construida de regocijo y serenidad. Vehículo-iglesia que bautizado con bendita agua en tiempo augusto lleva mi nombre. ¡Ah mi limusina sagrada que se desliza por rutas de terciopelo!

Poseo limusinas por millones. Una para cada circunstancia. Unas tienen zapatillas de oro, otras cotizas de cobre teñido de oropel. Al precio que fuere me llevan de un lugar a otro. A la orden del día están a mí servicio. La servidumbre se apresta con resignación y diligencia a recibir y acatar mis órdenes. Tengo don de mando. Tengo don de obediencia. Tengo don de esclavo. Así es mi idiosincrasia, así es mi talante. Mi idiosincrasia y mi talante viajan conmigo en limusina propia. Depende la circunstancia, a mi lado viajan a lomo de asno: burro de cascos rotos, burro de pasos lerdos, burro desahuciado.

En mi mundo de propiedades inexistentes poseo universos y limusinas. Declaro mi intención de poseer una limusina que sea real. Recurro a la generosidad de las damas magnates del mundo (multimillonarias ellas). Espero sus generosas donaciones para mi proyecto. En cuestiones de amor a cada mujer le exijo su cuerpo, su alma, su espíritu, su pasión, su entrega, su pensamiento, su prestigio, su dinero y nada más. No pido más porque el resto lo aporto yo. Les manifiesto mujeres que me conformo con poco. Pueden regalarme una limusina de cualquier marca que bien podría ser Hummer, Alfa Romeo, Bugatti, Cadillac, Lamborghini, Rolls Royce, Volvo, Aston Martín. Es de tal manera mi modesta conformidad. Según contactos cada marca-empresa se predispone a fabricar una exclusiva limusina para mí. Compiten las empresas por el honor de servirme.

Con la certeza de una respuesta positiva a mi modesta petición de limusina propia, tengo previsto con quién haré mi primer viaje. Le propuse a una odontóloga que aceptara escapar conmigo hacia el desierto durante un fin de semana. Le juré que luego la llevaría a pasear en mi limusina nueva por el universo entero. Ella aceptó. Salvo que no quiere pasear conmigo por el universo entero. Ella prefiere ir a otro lugar. Como un tonto enamorado, admirando a mi inteligente odontóloga, aunque ella no lo sabe, cuando regresemos del paseo, le regalaré un collar de genuinas perlas negras de las Islas Tuamotu de los Mares del Sur.

En un monumental esfuerzo económico tengo ahorrado el valor de la cuota inicial de una de las alpargatas rotas de mi limusina. Si mi limusina no me sirve para escapar hacia el desierto con mis damas los fines de semana, me servirá para huir de mi mismo. ¡Qué bacano soy cuando viajo en mi limusina! En ella voy arrastrando mis agonías y mi soledad. Únicamente soy lo que a duras penas puedo ser. No soy más de lo que soy porque ¡mi limusina anda con sus alpargatas rotas!

Jesús María Stapper

Bogotá D. C. Colombia -Sudamérica

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