CIERTAMENTE, HAS LLEGADO AL LUGAR CORRECTO

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SOY ASTRONAUTA

SOY ASTRONAUTA

Dentro de nosotros existe algo que no tiene nombre

y eso es lo que realmente somos

José Saramago

Soy el más grande astronauta. Mis vuelos siderales son incontables. Mis recorridos son infinitos. Inexorable he visitado lugar-es y tiempo-s. He viajado como nadie. Ancha y larga es la estela que he dejado por los cielos y los infiernos que he pasado. He trasegado más allá de los infiernos de Dante, más allá de los infiernos de Náhuatl {mitología pipil}. Soy un Orfeo indígena porque he viajado {vuelo del águila} de visita a los inframundos. Nuevas dimensiones se han atravesado en mis caminos porque soy un navegante multidimensional. Invento las dimensiones que no encuentro en mi destino. En mi maletín he llevado algunas encomiendas y cartas para destinatarios desconocidos o inexistentes. Recados miles que entregados a tiempo han sido. A toda conquista fui, a toda conquista voy. Puedo narrar pormenores y detalles de cada Universo. Narro los universos extraños que caben en el espacio de una imaginación fecunda.

He transitado por rendijas, vericuetos, luces, y sombras. Albas y auroras, abismos y precipicios he visto a la vera de las sendas encontradas. Con certeza puedo hablar de todos los mundos, los esfumados, los existentes y los que vendrán. Sé de sus alaridos, sus lamentos, sus esperanzas y sus placeres. Sé de los lenguajes, de los silencios, de los gritos, de los gestos de cada rincón universal. Entre tiempos venturosos, eras primaverales, cruentas tempestades, polares fríos, oscuridades de miedo, derrocho mis buenas energías de incansable trashumante. Con mis parsimonias y con mis desasosiegos voy de nebulosa en nebulosa. Libre esclavo de mis errancias astronáuticas soy.

He superado a otros viajeros. Hombres bravos que con sus épicos y míticos viajes tan sufridos como venturosos fueron más astronautas que los astronautas de verdad hechos de carne y hueso. Así lo hicieron los viajeros de La Odisea, El Quijote de la Mancha, La Divina Comedia, Gulliver, o La Montaña Mágica. Tal el viaje acelerado de un niño al interior del hombre adulto que nos narrara Vasconcelos en Mi Planta de Naranja Lima. Porque soy un ferviente patriota de cada patria recorrida, nunca he sido en lugar alguno, El Extranjero, como le sucedió alguna vez a Albert Camus. Claro está que una vez anduve perdido de veras. Me perdí en los sombríos cuencos de El Túnel de Sábato.

Como si fuera el único astronauta eterno me ha sido imposible aterrizar alguna vez. Aunque pesado a veces, liviano otras, estaré en pleno vuelo. Para volar soy un hombre hecho en la piel, en el cuerpo, en la sangre, en el corazón, y en el alma con el más puro y vivo viento-espíritu. Nada coarta mis vocaciones eólicas (cometa indestructible-veloz cohete-nave viajera). Soy un desconocido dios eolo que desplazado por auras y huracanes vivirá sin la propiedad de un cielo, sin la propiedad de un averno (un Hades maquiavélico y maleable). Jamás tendré la propiedad de un paraíso. Mi aletear tiene características singulares. Los viajes míos no cuestan dinero. Solamente pretendo ir y allá voy.

En mis viajes he penetrado el alma de las estrellas y los astros y los planetas. He visitado estrellas y planetas y lunas más ardientes que el sol nuestro en su núcleo. Núcleo solar al que también algunas veces fui. Viajes de los cuales salí ileso aunque un poquito re-calentado tengo que confesarlo. He viajado por profundas laderas espaciales de compacto hielo. Superando trances he salido con la piel maltratada pero con mis situaciones bien resueltas.

Fui un niño campesino que llegó a la luna antes que el transbordador Apolo. De niño fui más y más y más allá. Frente a mis viajes juveniles poca trascendencia tienen los programas espaciales como Mercury y Gemin. Intrascendentes son los astronautas norteamericanos Walter Schirra, Walter Cunningham, Don Eisel, Neil Armstrong, Edwin Aldrin, Michael Collins. Intrascendentes son los astronautas (cosmonautas soyuz) rusos Sergéi Avdeyev, Aleksandr Kaleri, Gennady Pedalka, Alexander Viktorenko, Dimitri Kondrátev, Yury Gidzenko, Vitali Zholobov, Valeri Poliakov.

Frente a mis estelares e inimitables recorridos intrascendentes resultan los esfuerzos de los astronautas de todos los lugares y de todas las épocas. Con cariño ayudé moral y espiritualmente a Laika (la perra) cuando antes de morir anduvo sola a bordo de la soviética Sputnik 2. Nadie lo supo pero al animal le inyecté gotas de mi religión. Prueba certera de mis andanzas siderales tengo. Desde algunos lugares, con los más potentes telescopios, en lejanas galaxias me han visto. Que puedo manifestar ahora de la inutilidad de los viejos catalejos nocturnos de Copérnico y de Galileo cuando noctámbulos y engreídos viajaban a las estrellas (ellos, fulgurantes renacentistas creían que habían llegado lejos, no sabían de mi existencia y de mis vuelos). Bohemios e ilusos acaparadores de flotas viajeras a los espacios desconocidos fueron otros que se proclamaron profetas como un tal Nostradamus y tal vez un tal Rasputín. Aseguro que no me declaro profeta, solamente afirmo que soy un astronauta.

Un astronauta también fui para mi madre. Ella amorosa y piadosa me dijo en repetidas ocasiones: -Aterrice alguna vez porque tú siempre andas en las nubes. Andas en la luna. Si continúas así tendrás una existencia inútil. Y pensar que mi madre no se enteró de mi futura existencia, con la cual, le doy el argumento suficiente para corroborar su profecía (razón absoluta). A pesar de los ruegos maternales, en jurada desobediencia, continúe con mis millones de (inútiles) vuelos inter-universales. Con el correr del tiempo me hice artista, me hice poeta. ¡Pobre madre mía si hoy fuere mi testigo! Qué tristeza mi madre tiene un hijo astronauta (astronauta tonto y viajero de supuestas constelaciones). A veces prefiero ser Gregorio Samsa el deformado hombre de Kafka (un insecto que no vuela y ha recorrido el mundo).

Vivo feliz con todo lo que la riqueza terrenal me ha dado. Cómo nadie soy feliz. Poseo un descalabrado platón de aluminio. Con elevado orgullo me verán de plaza en plaza durante los días de mercado. Me verán vendiendo las empanadas (extraño astronauta que vende empanadas). Cuando “estoy en la tierra” soy fácil de identificar luego tengo qué vivir. Llevo puesto un antiguo pantalón que no posee marca alguna. Ayer cuando fui a la plaza mi pantaloncito desbarajustado estrenó siete remiendos, los mismos remiendos que estrené yo. El pantalón está atado a mí cintura por una cabuya que le da tres o cuatro vueltas. Mi calzado está roto por encima y por debajo. De mi camiseta ni hablar, total, parece que de otro fuera. Quizás fue de alguien que la discriminó por ser un elemento chatarra. No me produce pena vender los pasabocas (si orgullo, ya lo dije). No me apena mi abundante escasez de dinero, de ninguna manera. Me avergüenza aquello de ser un bardo viajero. Bien se sabe que no es ningún pecado ser pobre, luego sí lo es, el ser un desconocido poeta. Y si yo fuere un poeta conocido, sería peor.

Sé que hace siglos en todos los cielos resuenan los clarines. En el Parnaso también. Sé que en el Hades de cualquier lugar profundo se tañen las campanas fúnebres. Yo, el astronauta vendedor de empanadas, he escuchado las notas en los timbres de los campanarios pueblerinos de tantos planetas y tantos astros y tantas galaxias. Timbres de gloria. Timbres de encuentro. Timbres de despedidas. He escuchado timbres marciales que emocionados vibran al saludar a los astronautas, que solitarios van de paso, como yo. A pesar de mis delirios, de mis tormentos, de mis fracasos, de mis angustias, no dejaré de viajar.

No dejaré de ser un astronauta extraño que en sus rutas se alimenta con deliciosas empanadas (las que nunca vendo). Viajaré a pesar de mis fugaces regocijos, de mis glorias pasajeras. Satisfacciones y felicidades tengo. Ningún ser humano ha logrado ver y tener lo que en mis caminos he mirado y he conquistado. Cuando no pueda más, viajando, orbitaré a mi propio alrededor. Orbitaré alrededor de las cenizas que deja una colilla de cigarrillo que ha sido olvidada en el extremo de una calle solitaria o en el incierto suelo de un camino sin retorno. Orbitaré alrededor de una colilla de cigarrillo que fue abandonada a la deriva de un furente aguacero.

Cuando muera, si es que algún día muero (existen otras vidas según lo dicen algunos que nunca han muerto), orbitaré alrededor de mi propio cadáver. Seré un muerto despistado y sin destino que no sabrá hacia dónde debe ir pero iré. Seré un astronauta invisible. Durante mi eternidad espiritual viajaré perdido de nebulosa en nebulosa.

Jesús María Stapper

Bogotá D. C. Colombia - Sudamérica

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-Comentarios
  • CARLOS MARIO LATORRE

    Buenos días.
    Nuestro querido Maestro Stapper, nos regala un trozo, un "PEDAZO" -como dicen los comentaristas deportivos argentinos a esas  maravillosas jugadas- de escrito, que como siempre, nos hace volar por  esos misteriosos lugares, algunos reales otros no tanto, recorriendo  la imaginación para aterrizar en lo cotidiano.

    Gracias por su compartir.

    Un abrazo fraternal.


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